diciembre 10, 2009

serenatas.

los hombres iban y venían, las mujeres paseaban sus sandalias por la galería. el poco arte que alguna vez se respiraba en el aire se había desvanecido. en su lugar había llegado la desidia. una desidia disfrazada de bohemia. un aroma a encierro que inundaba cada rincón con pretensiones de lugar. las personas ya no se animaban a ser diferentes. no había por qué. el romanticismo había sido bajado a hondazos con piedras de hechos. los hechos dominaban todo. y el miedo era el motor; no, el combustible de la desidia. el mismo miedo que mantenía a las personas encerradas, inmóviles, sin esperanzas.
compraban, mientras tanto, objeto tras objeto inútil. bebían sin razón. fumaban automáticamente. era la edad de la razón, de lo exacto y lo medido, la edad en que todo estaba inventado y sólo restaba agregarle accesorios. poco a poco, entonces, comenzó la rebelión de las cosas.
porque las cosas, tan anheladas y después tan olvidadas, habían aprendido algo de poesía. cuando nadie las veía destilaban su magia. eran actos para nadie, pero que nada de egoísta tenían. eran actos para el mundo. un viejo colador de café, por ejemplo, en un mediodía de martes, señalaba
algo de luz me toca y cae sobre mí
y doy gracias de poder reflejar algo de ella
creen que soy un cadáver pero
cuanto más polvo acumulo, más vivo me siento.




No hay comentarios: