
entonces caminaba por deán funes sin ganas de curiosear esas miradas que a veces me buscaban desde unos metros más adelante o desde la vereda de enfrente. caminaba así porque por más que pensara y pensara, no encontraba la respuesta al dilema:¿cómo pude hacerlo sin pensarlo dos veces... y ahora estar tan arrepentida? ¿a qué persona estaré traicionando con esta pregunta: a la de entonces o a la de hoy?
y otra vez el desdoblamiento de personajes o la bipolaridad me entretuvo lúgubremente todo el viaje a casa. repasé su mirada sobre mí una y otra vez. por un momento, apenas empezamos a hablar, me enorgullecí de sentir entre nosotros una especie de conexión que nos permitía fluir y comprendernos sin problemas. ahora no podía creer que la hubiera notado, ahora deseaba que no hubiera existido nunca.
una, dos charlas de rigor al llegar a casa. uno, dos rituales de llegada. después, sin querer, mis manos al timón - teclado de la absurda navegación sin rumbo; esta vez la tormenta estaba dirigida por un ilustre director de cine. porque después de unos minutos, la frase saltó ante mis ojos.
no sé por qué lo hice, señor. me disculpo.
y ya no existen ni bipolaridad ni imaginación ni escape reflejo ni pensamiento lúgubre ni arrepentimiento (qué asqueroso me resulta siempre). solamente la realidad como sucedió. y el rescate de la sagrada repetición:
no sé por qué lo hice, señor. me disculpo.

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