noviembre 12, 2010

euforia

soy voyeur y eso me pone nerviosa. no puedo evitar mirar más allá de lo que me señalan: si me muestran un retrato, mis ojos se fijan en la pared detrás del sujeto, en los objetos con que decora su espacio, en las figuras que se adivinan tras la ventana. mi atención se dispersa con tanta facilidad que hay que tironear de la soga para atraerme de nuevo hacia donde se supone que tengo que estar. pero, ¿por qué esa mesa brilla tanto...? alguien recordará lustrarla, todos los días, a la misma hora...las cortinas tienen marcas de doblado, deben haberlas colocado la semana pasada... todo es tan vibrante: quien sea que decoró esta habitación tiene que disfrutar del sol.
soy voyeur pero no necesito espiar las actividades que la gente censura. puedo serlo a plena luz del día, en el medio de la calle, esperando un colectivo, caminando despacito. todo lo que nadie cree que alguien va a mirar, pues eso estoy viendo. el colmo de mi mal hábito es cuando se me da por recolectar los momentos en los rostros, las expresiones instantáneas, los rictus que se alteran por una sorpresa o que suspiran aliviados cuando llega el bus o que disfrutan la primer bocanada del cigarrillo. es lo peor, porque ahí me pillan siempre.







noviembre 01, 2010

la clase de foto

cuando ya estábamos todos sentaditos, con nuestros cuadernos de notas, dejándonos llevar por los largos relatos de este señor, nos mostró otra diapositiva. ésta no era exótica para nuestras mentes occidentales y americanas. no era shockeante. aunque, a su manera, sí lo era. era una chica hermosa, con una sonrisa divina: lo primero que le vi fueron los pechos, atrapados en una remera elastizada y blanca, estampada con mariposas. todo era demasiado exacto. creo que llevaba algo de jean, de tiro alto, no sé si una pollera o un pantalón, no sé si me lo estoy imaginando y en verdad se trataba de un plano más corto que no mostraba más que el torso. y cuando llegué arriba, el pelo castaño reluciendo al sol y atado en una colita de caballo, la cara tan pacífica y encantadora, todo es demasiado perfecto, pensé. a sus espaldas se volcaban las flores desde las ramas de una enredadera, un poco fuera de foco pero no demasiado.
creo que pensé "la luz podría estar mejor, tiene la cara un poco oscura, la piel no se ve muy bien". con los años me parece que la foto se hizo más perfecta, y que si acaso tiene la luz que yo recuerdo, entonces es ideal, porque más luz sobre esa cara y ese cuerpo hubieran sido muy predecibles. y la exposición de este señor era de cosas no muy predecibles. "ésta no es una foto exótica" pensé. después de haber visto los hombres barbudos y las túnicas naranjas de este viaje por el medio oriente y más allá, las arenas y los atardeceres dorados sobre los toldos pobres, apareció ella. le gustaba la cámara, o acaso le gustaba el fotógrafo, no tenía miedo a la lente. se la veía tan cómoda sonriéndonos desde la pared.
él la miró un rato, no dijo nada, quiso ser como nosotros que la veíamos por primera vez, jugó a que la descubría de nuevo aunque ya la conocía de memoria. después se dio vuelta para ver nuestras expresiones. todos estábamos mudos. miró otra vez la foto, entonces algo amoroso se insinuó en el aire, y yo empecé a pensar que, bueno, que había tenido algo con ella. "pero ¿quién és? que diga" pensé. yo pensaba muchas cosas porque no tenía un compañero a quien decírselas en voz baja.
hasta que al final, nos dijo. lo hizo muy calculadamente. dejó que nos hechizara. dejó que la admirásemos un rato. dejó que inventemos historias sobre ella. dejó que la miremos otra vez, hasta que nos entrara en la cabeza que nunca, jamás íbamos a conocer su historia; que nos quedara bien grabado que ella estaba muy, muy lejos. mirándola otra vez, el dedo en el pulsador, dijo sin más: es una prostituta. apretó el pulgar y pasó a la siguiente foto. no me acuerdo qué era, pero me parece que ya habíamos llegado a Rusia.