
Parecía una película épica. El chabón era el modelo perfecto para una caricatura, de las del Tony. Su imagen se congeló en la pantalla; justo entonces tiré una colilla al fuego y me quedé colgada, recordando. Yendo de un lado a otro, hacia allá entonces, luego aquí y ahora. Hasta que se me apareció. No fue repentino ni escalofriante, sino leve. Casi sin darme cuenta, reconocí la figura del ave desplegando sus alas, aunque en verdad le faltaba una. Y el rostro, bueno, había sufrido también algunos daños, que la ceniza no tardó en resaltar dejándole un maquillaje teatral.
Se paraba sobre una inmensa pila piramidal, construida de basura, escombros o lo que fuere. Un montón de mierda y de cosas que, naturalmente, pertenecían ahí. En su mueca inquietante, el ave me sonreía desde la pared donde había caído, como una estatua vuelta polvo, que se disuelve echada. Una cosa que alguna vez había sido demasiado tangible y real. Por detrás, asomándose entre cada borde de lo sólido y lo blando, estaban las brasas tiñéndolo todo de naranja radiante. La ceniza más blanca yacía sobre la madera más ardiente, la que hubo sido hace un rato corteza y leña puras.

