
las cosas contaban historias completas, de vidas, de peleas, de glorias alcanzadas. los hombres seguían su vacío trajín. y los objetos tejían en silencio su red de sentidos. hacía falta, sí, que alguien reparara en ellos solamente por un segundo con la mirada desnuda de moldes de humanidad. era necesario que cada tanto un hombre, un niño, una maestra, detuvieran la locomotora mental y se dejaran contar esos poemas al oído. dijo una copa
parezco tan limpia pura y nueva resplandeciendo entre la vajilla.
parezco tan idéntica a todas, lista para encontrar a mi próximo dueño, al próximo que me tenga en sus manos y me llame mía por un momento. pero no es verdad. yo recuerdo especialmente una noche, un hombre que me acarició, y puso en mi borde los labios con los que contó historias en soledad, riendo y llorando. me llenó con su vino una y otra vez. y yo permanecí erguida. cada vez que me buscó, yo estuve ahí. cada vez que habló creyendo que nadie lo oía, yo presté atención a sus palabras. por eso sé que nunca, nunca más seré una copa como todas.
y todavía hablaba un abrigo desde una vidriera
nadie sabe que en mis hilos llevo las lágrimas de una mujer. no sospechan que, después de todos mis viajes y kilómetros andados, tengo y tendré por siempre una historia de pena oriental escondida en mis costuras. que aunque provoque alegría y gozo y orgullo, yo soy la tristeza.

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